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lunes, 16 de noviembre de 2009

la primera vez de una teibolera

Mi primera vez fue tan mala como las suyas. En serio. En ese entonces no sabía que llegaría a ser bailarina exótica, que me pagarían por servir de acompañante, que conocería a "gente importante" y que mi belleza me daría de comer.

De hecho en ese entonces ni siquiera me consideraba bonita. Pero quién está segura de sí misma cuando se es adolescente? Cuando todo parece incierto pero a la vez tan fácil, tan sencillo, tan frívolo.

Fue en un hotel de paso, con el primero que me metío sendos fajes y me hacía temblar nomás con el roce de la punta de sus dedos. Era tan bueno en eso que supuse que hacer todo el acto sería como tocar el cielo. Error y de los grandes. El faje era lo único que él sabía hacer. Los nervios no me dejaron calentarme como en otras ocasiones. Estaba cero lubricada y cero ansiosa. Él por el contrario, mojaba calzón desde antes de pagar el cuarto en la recepción y para cuando se bajó los pantalones su erección estaba a todo lo que daba y el pene "le lagrimeaba".

Y yo seca como una servilleta de papel. Me tocaba y parecía que me lijaba. Se puso encima de mí y tras varios intentos donde yo me removía como lombriz en sal, por fin pudo penetrarme. Nunca me besó ni me murmuró la serie de frases calientes que a mí me encantaban. Tal vez eso hubiera ayudado. Y después de segundos (lo juro!) se vino dentro. Y yo ni siquiera empecé a sentir rico. Díganme si no esto habría sido motivo para irme directo al psicólogo. Qué trauma!!! Y él qué pendejo, la neta.

Obvio, no supe de eso hasta que pude comparar. Pero tuvieron que pasar varios (de hecho varias veces varios) para que yo supiera lo que era un orgasmo y el disfrute que una relación sexual debe significar. Ya sea sólo para descargar la líbido o para demostrar amor. El sexo se debe gozar por ambas partes, y no sólo una debe quedar con ojitos de huevo cocido mientras al otro "se lo coge un chino".

Nomás de acordarme me da pena ajena. Un día, muchos años después quise darle otra oportunidad y enterarme si es que había habido progreso alguno de su parte. Quedé tan insatisfecha (o aún más porque mis estándares ya habían subido) como aquélla primera vez. Será acaso que hay ciertos hombres que nunca aprenden? Argh! No quiero ni pensarlo.